Yo creo en los psicólogos

Graciela Medina
Funes- Santa Fe

 

  Me decidí al ver al candidato cantando, dando saltitos en el podio como si ya hubiera ganado. Nunca tuve el prurito de reconocer cuando debo pedir ayuda. Reconozco que la gente mostró evidencia de necesitar un cambio, pero temí por nuestro futuro. Una ya no se engaña y después de una determinada edad sólo busca vivir mejor y se cuida y se compromete. Hablo de las elecciones, claro. Las Paso.

              Anduve mirando plataformas, me informé. Me harté como cada vez de tanta promesa y dientes blanquedos para las fotos, pero no me quiero ir de tema. Me preocupaba que la elección fuera poco seria. ¿Sería?

              Elegí un gestáltico para la consulta, ando con poco tiempo y son los que van  directo al punto(dicen) sin que tuviera que remontarme a mis ancestros y otros malestares. Me citó a las 16 horas y fuimos puntuales. El consultorio, un espacio muy reducido y arreglado. Desde el ventanal se podía ve nuestro Paraná. Ahí nomás me agarró una emoción provincial y nacional que… debe haber sido eso.

              Sin pérdida de tiempo le dije el motivo de mi consulta. No entendía  por qué la gente votaba a un cómico. Me observó un buen rato y yo temí haberme equivocado de escuela (¿no era que hablaban los gestálticos?). Al rato suspiró y me miró directo a los ojos. Me dijo que la gente necesita volver a reír, que necesita salir de la locura de andar hablando sola por la calle; que si había notado cuánto hacía que no oía canturrear a nadie… y se le soltó un lagrimón. Le alcancé una Carilina, no puedo ver  sufrir a la gente, y de pronto se quedó mirando hacia el ventanal, había empezado a llover y recordé que tenía ropa tendida. Él rememoraba.

           Recordó a su padre andando en bicicleta, silbando, alegre (eso me conmovió), e hizo el mohín para demostrarlo, pero cada vez lloraba más y las Carilinas iban desapareciendo.

_¿Se dio cuenta que la gente ya no silba? - me enrostró. Estuvo el resto de los cuarenta y cinco minutos contándome sobre su niñez, sobre cómo han cambiado las cosas, sobre las pérdidas, que nadie valora el viento en la cara al andar en bici; que no se ven las vecinas tomando mates en la vereda; sobre la payana y las carreras para subir a los árboles y las fracturas al bajar y los riesgos del juego al aire libre, de… Evité mencionar que se perdió el aroma de la falda en las obras. No quise interrumpirlo.

            Hacía tiempo que no veía llorar a un hombre, menos siendo un terapeuta.

            Es cierto que no es la primera vez que pido ayuda. Yo creo en los psicólogos, a pesar de Silvia, una que en la primera visita ocupó  los cuarenta minutos diciendo cuáles eran las reglas, y que por tratar de memorizarlas a la semana siguiente olvidé el turno y me llamó para cobrarme doble. O de Julio, que usaba el diván para regodearse con mis piernas y cuando lo enfrenté se puso todo colorado. Una queda muy expuesta, se entrega, pero a María (otra, de mi vasta lista) me la habían recomendado y en cada visita se dormía. Sí, se le iban los ojitos como para adentro y cabeceaba. Fue una afrenta que tomé como personal hasta que supe que le pasó lo mismo a otra amiga. Dicen que trabaja mucho y es cansancio.

             El tema es que, volviendo al gestáltico, me hizo pensar (que no es poco) y quizás tenga razón. La gente habla sola o por celular y ya no escucho silbar. No se la ve contenta. Le pagué la consulta y le dejé unos pesos de más para que reponga la Carilina. Salí disparada de allí, quizás tuviera tiempo de levantar la ropa tendida.

 

 

           

 
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