Sisa

Gimena Ruiz
Santiago del Estero

De repente, sentí cómo el viento dio un soplo en la parte baja de mi nuca, entonces decidí voltear y la vi… tan hermosa como el cielo lo permitía, y como el mundo ya no la dejaba. Su última morada era  estática y sin vida. Los cementerios nunca fueron de mi total agrado, pero por ella era capaz de cruzar el infierno y más. Me senté en su tumba, el viento de otoño golpeaba fríamente y sin piedad en mis mejillas. Recordaba que ese otoño había llegado bruscamente sin pedirnos permiso, quitándonos ese calor que a los santiagueños tanto nos identifica y nos dejaba desprotegidos dentro de  grandes sacos que no parecían hechos a nuestra medida. Había llegado tan bruscamente como la vez en que la conocí, ella se sentó a mi lado como si hubiese leído mi mente y como pidiendo que le contara una vez más la historia como tantas veces lo había hecho en sus últimos días concretamente a mi lado. La nostalgia parecía haberse metido en nuestras almas, entonces pude ver  una lagrima correr por su rostro en la triste espera de caer al suelo y convertirse en tierra, otro pedazo más sin importancia que nadie más vería, solo yo.  Comencé lentamente a contarle sobre el día en que la vi por primera vez. “Yo estaba llegando de Buenos Aires luego de dos años de trabajar en una empresa constructora, decidí volver porque no podía estar lejos de Santiago, lejos de esas brisas veraniegas, de esos cantos de las chicharras cuando el calor parece no apiadarse de nosotros, eso realmente se extraña en las grandes ciudades donde todo es tan rápido y  no deja tiempo para pensar, solo nos concentramos en no llegar tarde y en rezar para que no haya atrasos en los trenes y subtes; eso no va conmigo ni con ningún santiagueño, eso pensaba yo. Al bajar en la terminal me encuentro con un Santiago distinto, frívolo, perdido, metropolitano, urbano. La situación cambió cuando, luego de horas de caminar, reconocí que la verdadera identidad de nuestra provincia continuaba allí volando por el aire, intentando salir por los lugares más recónditos e inesperados. Caminé muchísimo, cansado de andar vagando por ahí me senté en un paredón caído en la calle Urquiza cerca de la avenida Roca. Recuerdo que era primavera porque los hermosos y anhelados lapachos comenzaban a florecer llenando las calles de alegría y aroma inconfundible, sin mencionar que nuestros corazones conseguían una emoción especial en esa época del año. Estaba tan sumido en mis pensamientos que no la vi posarse a mi lado. Claro que uno de sus estornudos me hizo volver a la calle Urquiza y bajar de mi viaje por los secretos del universo. Ella se disculpó, me dijo que los lapachos eran lo que más feliz la hacían, pero lo que más alergia le producían; en mi mente solo pensaba en lo hermosa que se veía hasta que decidí preguntarle:

_¿Cómo algo que te produce tanta enfermedad te hace tan feliz?  Su respuesta fue tan hermosa que siempre recuerdo sus palabras para sonreír: Uno no elige las drogas con las que va a lidiar día a día, a veces si lo hacemos, pero dime acaso ¿cuando te enamoras no te estás sumergiendo en una de las peores drogas? Uno no piensa que le va a hacer daño, solo entrega su alma, y así es esto, yo no elegí que me guste, solo me dejé llevar... Bastó solo eso para enamorarme, traía un vestido rosa pastel lleno de pequeñas flores color fucsia, el resto es historia, una historia llena de amor y flores.

Su nombre era Sisa, que significa flor, en quichua, una de las flores más hermosas en mi vida. Luego de sacarle una sonrisa, di me di vuelta y me fui, ella se quedó en su tumba recostada, como en  la época en la que los lapachos dejan de florecer y mueren dejando su inconfundible aroma por todos lados... ella perfumó cada rincón de mi alma y aún lo sigue haciendo a la distancia.

 
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