Promesas de Amor

Natalia Cebrero
Córdoba-Argentina

Desde chica, siempre me gustó escuchar a las personas. Ahora, después de muchos años, empiezo a ver a mi abuela como una buena narradora, que me contaba de niña partes de su vida mezcladas con imaginación, armando así historias que yo me creía al pie de la letra y nunca podré saber si eran del todo verdad.

Ella se llamaba Rosa y entre nosotras había 76 años de diferencia.  Era viuda hacía ya muchos años, y tenía las manos infinitamente arrugadas, con una piel tan finita y blanca que parecía transparente. Vivía lejos, así que no nos veíamos seguido. A veces iba a su casa y me quedaba a dormir. Tenía en su pieza dos camas de una plaza, la suya y la de los nietos.  Me acuerdo que antes de acostarse siempre rezaba el rosario y comía caramelos que tenía escondidos en la alacena.

Cuando entré en la adolescencia empecé a ir cada vez menos a verla. De vez en cuando, en esas visitas ocasionales, yo me daba el tiempo para sentarme y escucharla hablar. Lamentablemente nunca tuve la edad para hacerle las preguntas correctas, pero me acuerdo de algunas historias que me contaba.

Recuerdo una charla en particular. Ella me contaba que vivía en el campo cuando era chica y que siempre le gustó hacer travesuras. Me hablaba de su abuela, que la llevaba a ver las casas de los enfermos donde las solteras rezaban el rosario y vestían a los santos con ropas hechas a mano. Me dijo que siempre iba prendida de la pollera de su abuela, que ella la crió. Nunca me contó de un padre, tampoco de su mamá.  Tenía hermanas más grandes que murieron jóvenes, de alguna enfermedad. Ella me explicaba que eso era común viviendo en el campo, que es muy distinta  la vida en el presente y en la ciudad.

A la edad en que tuvimos esa charla yo iba a danzas. Mi abuela me dijo que a ella también le gustaba mucho bailar. Que cuando era chica lo hacía siempre, todo el tiempo, hasta que se enamoró de mi abuelo. “A él no le gustaba, entonces hicimos un acuerdo. El día que nos casáramos el iba a bailar conmigo toda la noche y después yo nunca más iba a danzar”.

_ Y bailaron?

_ ¡Hasta que me dolieron los pies!

Ahí caí en la cuenta que nunca, jamás la vi bailar.  Me gusta creer que esa historia era verdadera y ella mantuvo su promesa de amor toda la vida. Incluso mucho tiempo después de que mi abuelo ya no estuviera ahí, para verla hacer unos pasitos a escondidas.

 
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