Los silencios de mi viejo

Cristian Salas
Río Ceballos, Córdoba.

Desde el asador se escuchaban las voces de mis sobrinas. Llegaban con mi hermana y mi cuñado estrenando ropa que les habían regalado los abuelos para el cumple. Y entre las adulaciones de estos, no tardaron en llegar mis otros hermanos también. Y ya la casa era un griterío de chicos y viejos festejando el encuentro en la cocina.


Mientras, yo seguía en el patio. Tapado en humo y poniendo la carne en la parrilla.


A la hora de servir el asado, las ensaladas estaban a medias, como siempre. Y entre las gastadas y risas por el trámite femenino recurrente e incompleto, nos sentamos a comer y a contar desventuras graciosas de la semana. Como todos los domingos, en la casa paterna.


Pero este domingo que les cuento, para mí, fue distinto a todos.


Sin querer, me había detenido a observar algo que ya había notado en reuniones anteriores.


Mi viejo, en la mesa. Comía y se reía, pero casi no hablaba. Su mirada era para todos y al mismo tiempo, para nadie. Su silencio era escucha y contemplación que partía desde nosotros y se dirigía al infinito de su pensamiento.


Me hizo acordar a mi abuelo, cuando yo era chico. Me acuerdo que palpábamos la felicidad más sublime al encontrarnos con nuestros tíos y primos el domingo.

 

Y recuerdo que mi abuelo nos miraba y se reía, pero no sé si escuchaba o entendía todo lo que hablábamos. Estaba en la mesa pero al mismo tiempo parecía estar en otro lado, más allá de todos. Casi sin hablar, escuchando y riendo.


Fue como haber visto a mi abuelo en mi viejo. Traté por un instante, entre el vocerío y las risas, de aislarme y seguirlo. En su silencio, seguir sus miradas, que viajaban por cada uno de nosotros. Y fue en ese momento que sentí algo muy extraño. Fue tan fuerte que me hizo levantar para ir nuevamente al asador a contener una emoción inexplicable.


Por un instante, sentí como la sensación de estar en cada una de las personas de esa mesa. Como si todos fuéramos uno solo, sin percepción de espacios ni tiempos. Y tal vez algo más. No sé… Se me había llenado el pecho de fotos guardadas, de olores a manteles viejos, de perfumes a mandarinas sobre las sillas del patio en otoños lejanos…


Cuando volví, me criticaron que faltaba carne en la bandeja y todo volvió a la normalidad de las risas, las cargadas y las anécdotas.


Yo, apenas podía recuperarme de tremendo viaje.


No sé qué me pasó. Supongo que lo entenderé en unos años. Cuando me toque a mí hacer ese silencio misterioso, que una vez vi hacer a mi abuelo y que hoy lo está haciendo mi viejo en las felices mesas de nuestro domingo en familia.

 
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