Esa mesa… tan árabe

Marta Cristina Homsi de Isuani
Luján de Cuyo, Mendoza.

Había una vez una mesa cubierta con un mantel blanco y cuyos arabescos, bordados con hilo de seda, la realzaban de tal modo que invitaba al encuentro.

 

Una mesa familiar que convocaba al almuerzo dominical. Nadie faltaba a la cita. Era el espacio indicado para la evocación. La presidía la abuela, fiel exponente de una cultura milenaria. Esa mesa era un pedazo de Siria en Mendoza y los más ricos platos de la cocina árabe y los dulces más almibarados la decoraban. Aromas de canela y agua de azahar se entremezclaban con otras especias.

 

Abuelos y tíos. Padres e hijos que un día, acuciados por el espanto de la guerra, dejaron su pueblo, su pequeña y querida aldea.

 

Surcando mares y transitando el camino de la esperanza llegaron a este pedazo de América que los aguardaba.

 

Huían de una realidad dura y eso no era bueno. Todo alejamiento produce desgarro. Por eso la urgente necesidad de hacer de un nuevo hogar, ese que contenía la mesa, un ámbito para la nostalgia.

 

La comida une, amiga, y esa era la premisa. Y la comida, para los árabes, fue y será el espacio para la evocación.

 

¡Qué cobijados nos sentíamos todos por esa abuela que con la tristeza marcada en su cara intentaba dibujar una sonrisa en el rostro de cada uno!

 

A pesar de su sentida y profunda añoranza nos pedía proyectarnos al futuro con la simple condición de no olvidar las raíces. De saber que volviendo a la fuente afianzábamos nuestro porvenir.

 

En esa mesa, repleta de niños, obraba la magia del amor. Así como los asombraba la magia de ver cómo, en una copa, una parte de anís más otra de agua se convertía en una bebida blanca.

 

A veces, cuando las circunstancias lo ameritaban, la música interpretada con laúd, violín y derbake hacía elevar de tal modo nuestro espíritu que sus acordes volaban hasta llegar quizás a ese puerto que los vio partir.

 

Esa fue la mesa familiar de la infancia, donde bebimos de la fuente para luego proyectarnos. Donde nos propusimos no perder la esencia. Donde recibimos un legado tan digno, tan noble que perderlo sería renegar de nuestro origen.

 

Mi corazón, que tiene memoria, agradece esa entrega. El esfuerzo, el sacrificio y la voluntad de asimilarse a una nueva cultura merece respeto. Y admiración.

 
X
You may login with either your assigned username or your e-mail address.
The password field is case sensitive.
Loading