Crónicas del cortadero

Pedro Alonso
Córdoba-Argentina

 

            Salvador vive como puede. Y no siempre puede.

            A veces le cuesta vivir, otras veces le duele, siempre lo sufre. Pero no pierde la sonrisa. Será porque le gusta reír o será porque no tiene dientes y su boca semeja una mueca de alegría permanente.

            Todo es difícil en ese lugar que él no eligió y ni siquiera fue preguntado. Cuando tuvo noción de las cosas ya vivían ahí. Siempre igual, siempre aguantando el calor y el frío, la lluvia y el viento, las inundaciones y la falta de agua.

            Sabe trabajar, eso sí. Lo aprendió de chiquito. Su maestro fue su tío y padrino. Porque dentro de tanta escasez no tuvo ni padre. Madre sí tiene y ¡qué madraza!

            Cuando se levanta a las cinco, ella ya está esperándolo con el humeante mate cocido en el tazón de aluminio y el pan casero cortado en rebanadas.

            Por ser el mayor de cuatro hermanos, Salvador con sus escasos ocho años, es el primero en aparecer.

            Mientras su mamá prepara el desayuno él va hasta el pozo a traer agua. Llena unos tarros de plástico que encontró en el basural, y los acomoda, prolijitos, al costado de la pieza. Enseguida despierta a sus hermanos. Es fácil, todos duermen en una sola cama, así que con un solo empujón la tarea queda cumplida.

            Sólo dos van a la escuela, Jonathan y Melisa. Ismael, el más chiquito, se queda en la casa junto a su mamá.

            Salvador no va a la escuela, tiene que trabajar. Llegó hasta segundo, aprendió a leer y a sumar, también sabe firmar.

 

            A las seis sale, cruzando el descampado, abrigado con la poca ropa que le dieron en el roperito de la parroquia. Llega al lugar donde ya algunos hombres están trabajando. Los caballos dan vuelta sin cesar pisando el barro para darle la consistencia necesaria; más tarde lo pondrán en los moldes y cuando ya estén oreados armarán el horno.

_Hola Salvador – lo saluda el jefe de la cuadrilla. Es el tío de su papá. Su padre siempre estuvo ausente. Se fue con otra mujer cuando Ismael aún no había nacido. Mejor así, antes, cuando estaba en su casa, siempre le pegaba a su mamá, y a él, por ser el mayor, lo sermoneaba constantemente porque no le traía dinero suficiente a sus bolsillos.

            En esa época todavía  iba a la escuela. Al volver, en lugar de ir a su casa a almorzar, se quedaba en la esquina de la ruta limpiando los parabrisas  de los autos que paraban en el semáforo.

           

            Cuando su papá se fue, él tomó el lugar de jefe, y a partir de entonces trabaja en el cortadero de ladrillos de su tío. Cada día, busca la azada en el galpón y se va a mezclar barro en el pozo, después le agrega la bosta de caballo y un poco de aserrín, para que el ladrillo sea de mejor calidad.

            Es el más chico del equipo, no gana mucho, sin embargo le alcanza para que su familia pueda comprar las provisiones en el súper que queda en la ruta. Mucha mazamorra y mate cocido, poca carne, nada de leche. De vez en cuando viene don Jerónimo y les trae unos paquetes con arroz, polenta, azúcar y otras cosas, pero eso les dura sólo unos quince días.

 

            Cuando termina de trabajar y vuelve a su casa, a veces piensa. No siempre. Y cuando piensa, sueña, y cuando sueña se transforma. Se ve grande, paseando por el centro, con unas Nike. Esas negras que usa el Froilán.

            Pero Salvador nunca fue al centro, no lo conoce. Una vez le preguntó a su mamá.

_¿Querés que vayamos al centro el domingo?, nos tomamos el R11 y nos vamos todos.

            Ella no quiso, no sabía ni siquiera cómo tenía que subir, y con los cuatro chicos era complicado.

_¿Y para qué quiere ir al centro? – le preguntó – si estamos bien aquí nomás.

 

            El domingo pasado hubo elecciones. Vinieron en unas camionetas azules a buscarlos a su casa. Solo a su mamá, porque los demás eran todos chicos. También subieron al Rufino, la Manuela y la hija de ella, la Jessica, que ya cumplió los 16. Después pasaron por el otro callejón y levantaron a los hijos de don Molina. Los llevaron a votar a la escuela del barrio. Salvador miraba todo, con tristeza.

            Unos días antes había venido un candidato a visitarlos. Les había preguntado cómo estaban. Hizo una lista en un papel que tenía en el bolsillo de la camisa. Ahí anotó los nombres de la gente, y les prometió que, si ganaba su partido, les haría casas lindas para todos.

 

            El lunes, cuando paró para comer un pan con mortadela, se puso a pensar. En su cabecita morena daba vuelta una obsesión: algo tenía que hacer para sacar de ese lugar a su mamá y sus hermanitos. Las promesas dichas el domingo ya las había escuchado otras veces. Después de votar, nadie se acordará de ellos. Tenía que conseguirlo él solito. 

            Sabía que era difícil, pero lo había decidido una noche de mucho frío: cuando fuera grande juntaría platita y los sacaría a todos. Quería tener una casa linda, ladrillos le sobraban. Soñaba que su mamá viviera mejor. Una vez había ido hasta barrio Comercial en la chata de Froilán y le había gustado. Ahí había de todo, hasta almacenes y kioscos. Ese era el lugar elegido.

 

            Tenía que esperar, tenía que trabajar, tenía que sacarlos de esta realidad.

            Cuando nació, en la Maternidad de San Vicente, su mamá le eligió el nombre.

            Le tendrá que hacer honor.

 
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