Amor gitano

Claudia Bernarde
Devoto - Córdoba

Tiendas y carpas sigilosas, sumidas en la noche, pulen sueños de lumbres y de soles y celebran la urdimbre de una próxima fiesta.  Hay gitanos en el pueblo, las ropas tendidas de una punta a la otra se amoldan al alambre entregándose al viento. Afuera, las ollas se destiñen, se descarnan, se oxidan al olvido y al desamparo. En el descampado, un perro arrebata los pollos, y las mujeres corren a espantarlo con pañuelos atados a la mollera. Ellas hablan como hombres, en un idioma extraño, las polleras son tan largas que se aprietan contra el piso bajo sandalias de yute medio "desplumadas", sin temor al escarnio. Y allá está él, ese gitano con ojos de infierno cuyo fuego me arrebató el alma con espanto, sin preguntarme nada...¡maldición! ¿por qué hubo de mirarme así ese día en el almacén de Benedetto?

A partir de esa despiadada hora, la tristeza, como un puente desolado, me carcome las entrañas con temor de Apocalipsis, todo porque la abuela Herminia me había dicho en la adolescencia que enamorarse era "un sufrir". Sin embargo, yo soñaba con retorcerme de gusto entre sus brazos.

Supe verlo en grupos, transitar por la calle con sus hijos felices y polvorientos, dibujando embrujos zigzagueantes, con la verde llamarada de sus ojos.

Y llegó septiembre. Los vi con desesperación cargar los bultos y envolver las tiendas, se me hizo añicos el fino tul de la ilusión que hasta entonces oculté. Me acerqué, aunque sea para beber el aroma de ajetreo que inflamaba la tarde con sus rojos de palomas heridas. La caravana se iba marchando inevitablemente; en un intento que estimé inútil los acompañé con penosa marcha hasta la esquina... Entonces una mano salió de repente de entre la cortina de lona, para asir la mía, la aferré sin vacilar con todas mis fuerzas y subí al carro, era la mano del gitano de mis sueños, que mientras yo sufría con la tortuosa sentencia de la abuela Herminia en la mente y el corazón, también me amaba, imbuído en su mortal silencio.

_Te seguiré donde vayas, le dije sin dudar un segundo, aunque viva de mendrugos.

Él sonrió con sus dientes perfectos y blancos como perlas del mar...

_ Y adónde vamos? - pregunté. Me respondió con felicidad desbordante:

_A Mendoza, vamos a Mendoza.

 

 
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