Alumnos de potrero

Martín Palma
Pellegrini (Bs. As.)

La autopista que une a la ciudad de La Plata con la Capital Federal es transitada por miles y miles de personas a diario. En hora pico es realmente un caos de vehículos que pujan por adelantarse en las interminables filas. De pronto, la mirada de un joven desatendió las líneas del libro que sontenía con ambas manos y miró a través de la ventanilla. El colectivo de la línea 129, más conocido como el Plaza, había detenido su andar por una demora, producto de un accidente de tránsito.

Al costado del camino pudo observar un asentamiento de gente humilde, de pocos recursos. Allí, entre pasillos y calles de tierra aparecen construcciones bajas; mucha chapa y poco ladrillo. Los carteles publicitarios tienen mucha utilidad siempre y cuando ayuden al anhelo de vivir bajo un techo. Apenas se divisan algunas luminarias, de conexión precaria, y la escasa presencia de los móviles de la policía de la provincia. Son sitios donde la basura abunda.

El muchacho posó su mirada en un partido de fútbol. El terreno, muy próximo a la autovía, era duro y empedrado; la pelota parecía tener mil batallas y los arcos estaban un tanto cruzados. Eran siete chicos de un lado y seis del otro y se estaba jugando la final del mundo. Las rodillas y los codos dejaban en evidencia las heridas; las zapatillas gastadas eran las mismas que usan a diario para patear la calle. Ahí no hay excusas, no se cobran faltas y no se llora. Todos están en igualdad de condiciones.

En el potrero juega el gordo, porque es el dueño de la pelota o porque es el que más fuerza tiene y con él no se jode. Juega el que nunca jugó, porque acepta ir al arco y cuando hay arquero juega donde le dicen. Juega el vago, y en pocos minutos se transforma en un lateral impasable. Juega el morfón, el que no se la da a nadie. Juega el petiso, juega el alto, el flaco, el bueno, el malo. En el potrero hay lugar para todos.

El picado se termina cuando se pincha la bocha o cuando se hace de noche. Aunque hay partidos que no terminan nunca, se continúan toda la vida.

En la actualidad, resulta cada vez más difícil jugar en el potrero. Ya no los hay. El mercado inmobiliario, el parque automotor, o lo que fuera, se encargaron de hacerlos desaparecer.

Cuando el colectivo volvió a ponerse en movimiento, el joven volvió a clavar su mirada en las hojas del libro. Leyó un par de líneas y su concentración se volvió dispersa. Se imaginó jugando, emparejando a siete jugadores por lado. Se miró los zapatos impecables y con las suelas se ocupó de ensuciarlos.

Al costado de la autopista ese paisaje se repite a cada rato. Entre tanta carencia hay un tesoro: el potrero es la mejor escuela y por eso no se negocia.

 
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